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martes, 18 de febrero de 2014

Frontera de Ceuta: espacio de encuentro y de conflicto



Llevamos varios días asistiendo atónitos a la retahíla de excusas proferidas por distintas autoridades españolas sobre la muerte de al menos 15 migrantes en Ceuta. Ante la estupefacción general, el periódico El País se ha convertido en altavoz del CNI para publicar en portada que "30.000 inmigrantes aguardan en Marruecos para saltar a Ceuta y Melilla". Pues bien, esta humilde entrada de blog trata de responder a esa alarmista primera página del diario hispano más prestigioso. ¿Sabe el responsable de la citada información que solo la Ciudad Autónoma de Ceuta recibe a diario 30.000 entradas de marroquíes que trabajan limpiando las casas o sirviendo los platos y las cañas que luego disfrutan los ceutíes? ¿Sabe que la frontera de Ceuta es la séptima más desigual del mundo y que aproximadamente 400.000 personas viven del comercio transfronterizo a través del paso del Tarajal?

Claro que hay 30.000 migrantes en Marruecos esperando a cruzar a Ceuta y a Melilla. De hecho, ninguna de las dos ciudades podría sobrevivir económicamente de no ser por la permeabilidad (selectiva e hipócrita) de sus fronteras.

Hace unos meses realicé un trabajo de investigación sobre las políticas migratorias españolas y europeas en la frontera de Ceuta. Recojo a continuación un extracto que recaba datos a tener en cuenta para conocer mejor el contexto del "conflicto" ceutí en relación a la migración:


La frontera de Ceuta como espacio de conflicto

El comienzo de la securización de la frontera  de Ceuta se remonta a la década de los 80, cuando España preparaba su ingreso en la Union Europea y en los Acuerdos de Schengen. Fue en 1985 cuando el Gobierno de Felipe González promulgó una ley de inmigración que restringió la entrada de extranjeros en el país. Más tarde, en 1991, bajo una directiva de la Comisión Europea, España comenzó a exigir visados a los ciudadanos magrebíes que querían entrar en el territorio nacional (Gold, 2000: 11). El siguiente paso fue la fortificación y militarización del límite ceutí, que comenzó en 1995, tras unos disturbios protagonizados por inmigrantes subsaharianos que demandaban unas condiciones de vida dignas y un rápido traslado a la España peninsular (Soddu, 2002: 69). Fue entonces cuando la frontera de Ceuta comenzó a ascender puestos en la agenda de seguridad de las autoridades estatales y europeas. Al levantamiento de una alambrada metálica le siguió la construcción del Campamento de Calamorraco, un espacio habilitado para los migrantes que conseguían llegar a la ciudad autónoma de forma ilegal. En el año 2000, fue sustituido por el Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI), financiado en un 30% con fondos comunitarios FEDER (Soddu, 2002: 136). La securización tomó un nuevo impulso en 2005, tras la muerte de cinco inmigrantes que trataban de cruzar la valla a manos de los cuerpos de seguridad fronterizos (Ferrer y Van Houtum, 2010). A partir de entonces los pasos de Ceuta y Melilla se convirtieron en “los dos puntos fronterizos más fuertemente protegidos de la UE” (Ferrer y Planet, 2012: 33).

Los seis metros de altura de la doble valla metálica que recorre en la actualidad el límite euromarroquí son un icono de la ‘Europa Fortaleza’ (Ferrer y Planet, 2012: 34). 942 agentes de Policía y Guardia Civil, cámaras, cables microfónicos y sistemas de infrarrojos tratan de evitar el tránsito no reglado a través de la frontera ceutí (Ferrer, 2008a: 141). En definitiva, como recuerda Nair (2008: 18), “los conceptos de ley, ciudadanía y derechos humanos, pilares del Estado-nación moderno construido en el imaginario europeo, son puestos a prueba en Ceuta, donde se encuentran con uno de los últimos muros de la Europa Fortaleza”.

La frontera de Ceuta como espacio de encuentro

Pese a lo que pudiera parecer por lo descrito hasta ahora, la frontera ceutí es más flexible de lo que
aparenta. El límite, dibujado desde arriba por las políticas de fronterización externa de la UE, es
renegociado por las comunidades fronterizas. En Ceuta, la creciente interacción entre ambos lados desafía la idea de ‘choque de civilizaciones’ que el observador podría figurarse en un principio. (Ferrer, 2008b: 316-317). Según la Delegación del Gobierno en Ceuta, la frontera del Tarajal recibe hasta 30.000 entradas diarias, en su mayor parte marroquíes que trabajan en el sector doméstico, construcción y hostelería (Ferrer, 2011a: 372). Ya sea para acudir a su puesto de trabajo o para adquirir productos a bajo precio que puedan revender en el lado marroquí, ese movimiento transfronterizo continuo pone en tela de juicio la imagen de la frontera ceutí como raya infranqueable. Gracias a la cláusula especial que el Tratado de Schengen reserva a Ceuta –también a Melilla-, los ciudadanos marroquís de la provincia adyacente de Tetuán pueden acceder libremente a la Ciudad Autónoma sin necesidad de un visado (García, 1999: 225). De no ser por esta  excepcionalidad la economía quedaría asfixiada, pues es altamente dependiente de la interactuación con su ‘hinterland’ (Ferrer y Planet, 2012: 34).

De esta forma, en la frontera ceutí se practica una impermeabilización selectiva (Bialasiewicz et al., 2009: 85), el límite actúa como filtro de los movimientos transfronterizos no deseados. Esta contradicción, que Ferrer (2008a: 145) ha denominado “perfil acrobático y selectivo de las prácticas de fronterización socioespacial”, se caracteriza por la tolerancia al contrabando, alrededor del cual se calcula que viven 400.000 personas (Cembrero, 2006: 234 en Ferrer, 2008a: 138) - generando 600 millones de euros anuales (Moré, 2007: 62)-, y la tenaz persecución de la migración no reglada.

Según la clasificación de fronteras desiguales recopilada por Moré (2007: 16), el límite entre España y Marruecos ocupa el séptimo lugar del mundo, además de ser el más desigual de la UE y de cualquier país de la OCDE.

En cualquier caso, en la frontera de Ceuta se da una circunstancia particular: Marruecos reclama para sí el territorio de la Ciudad Autónoma. Al no reconocer la pertenencia de Ceuta a España y, por tanto, a la UE, Marruecos tampoco reconoce formalmente la frontera. Esta circunstancia obstruye la interacción transfronteriza (Ferrer, 2011b: 31). Además, conlleva la inexistencia de una aduana comercial, facilitando así el comercio atípico o contrabando, del que, como hemos visto, vive un importante número de personas. Es por ello que, aunque Marruecos no reconozca la frontera, su periferia norte se ve obligada a interactuar en ella para sobrevivir (Ferrer 2008b: 317).

En opinión de Mohamed Mustafá, ceutí de 35 años, “las relaciones hispano-marroquís se notan en la frontera: cuando son fluidas, los pasos son fluidos y cuando son crispadas o tienen algún tipo de altibajo también repercute en la frontera. A mayor conflictividad, mayor dificultad para acceder a Marruecos o para volver a Ceuta”. Respecto del comercio atípico, explica que “el paso transfronterizo siempre ha sido muy irregular: el contrabando, el hecho de que no sea una aduana propiamente dicha y no esté reconocida como una frontera”. Mustafá también da cuenta de la permeabilización selectiva que caracteriza a la frontera. “La valla no es algo que haya influido en el paso fronterizo para el ciudadano de a pie, pasa prácticamente desapercibida. Se trataba de evitar el paso de los inmigrantes subsaharianos, pero aun así siguen llegando. Utilizan embarcaciones de plástico, bidones o botellas de cinco litros a modo de flotador. O incluso a nado. Es como ponerle vallas al campo”, concluye.

martes, 7 de mayo de 2013

Marruecos: una localización privilegiada

La excepcionalidad de Marruecos también se hace notar, aparte de en sus aspectos históricos, políticos o religiosos, en lo que se refiere a sus relaciones exteriores. Su envidiable posición estratégica, al ser el único país árabe que cuenta tanto con salidas al océano Atlántico como al mar Mediterráneo, así como su condición de puerta sur del Estrecho de Gibraltar, hacen del territorio marroquí una pieza clave para la estabilidad del comercio marítimo mundial. Considerado “aliado preferencial” por Estados Unidos, el reino alauí es fiel colaborador de Washington en la lucha contra el integrismo islámico. En 2002, además, ambos países firmaron un acuerdo de libre comercio. Dos años antes, Marruecos ya había accedido a levantar sus barreras aduaneras con la Unión Europea, con la que mantiene una “alianza estratégica”.

Las relaciones entre Bruselas y Rabat también son cordiales, pese a la disputa territorial que Marruecos mantiene con uno de los Estados miembros de la UE: España. Las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla –además de los enclaves de soberanía española repartidos por toda su costa mediterránea- son objeto de deseo del nacionalismo marroquí. En cualquier caso, los intereses entrecruzados facilitan el acercamiento a los dos lados del Estrecho. Europa necesita a Marruecos para frenar el tráfico de drogas –las montañas del Rif contienen las mayores plantaciones de cannabis del mundo- y la migración subsahariana irregular. Por su parte, la economía marroquí es muy dependiente de las inversiones y el comercio comunitario.

Esta posición geopolítica privilegiada confiere a Marruecos un status en la sociedad internacional que refuerza su singularidad.

Nota: este breve texto sirve de apoyo al artículo que publiqué el día 1 de mayo de 2013 en Hemisferio Zero: http://hemisferiozero.com/2013/05/01/la-excepcion-marroqui/ 

jueves, 24 de enero de 2013

El árabe ceutí sigue excluido de la enseñanza pública

Los expertos vinculan el alto fracaso escolar en Ceuta, entre otras causas, a la resistencia de las autoridades a incluir el árabe ceutí en las escuelas, lengua nativa de la mayoría  del alumnado.

La compleja situación de la enseñanza en Ceuta puede resumirse en dos datos. Ceuta es, junto a Melilla, la región española con mayor índice de fracaso escolar: hasta un 40% de los alumnos abandonan el sistema educativo antes de tiempo. En Ceuta, por otro lado, tres de cada cuatro estudiantes de infantil y primaria tienen el árabe ceutí como lengua nativa. Sin embargo, este código lingüístico no tiene cabida en las escuelas.

Hay quien ve una relación directa entre ambas realidades. Y hay quien no. De un lado, filólogos como el profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Francisco Moscoso, abogan por el reconocimiento del árabe ceutí o dariya como lengua cooficial. De otro, responsables políticos como el delegado del Gobierno en Ceuta, Francisco González, le niegan siquiera la condición de idioma.

La experta en árabe ceutí y profesora de secundaria en la ciudad autónoma, Verónica Rivera, cree que el primer paso para la solución del problema educativo sería la atención a la diversidad lingüística. “Todos mis alumnos, excepto dos, tienen el árabe como lengua nativa, lo utilizan tanto en casa como con los amigos. Pero, paradójicamente, no se atiende adecuadamente a esa diversidad”, asegura.

De los 80.000 habitantes que pueblan Ceuta, un 38% es de origen árabe y habla dariya cotidianamente. Poseen la nacionalidad española y son, por tanto, ciudadanos de pleno derecho. Hablamos, pues, de españoles bilingües, que manejan tanto el castellano como el árabe ceutí. A esta circunstancia alude Moscoso para reivindicar la cooficialidad. El artículo 3 de la Constitución declara que las “lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas”. Por tanto, según el filólogo, “si casi el 40% de la población española en Ceuta tiene como lengua nativa el dariya, la Constitución garantiza el derecho de los españoles bilingües ceutíes a que su lengua nativa sea reconocida como cooficial”.

Las autoridades competentes, no obstante, tienen una visión diferente. Hace unos días, el delegado del Gobierno negaba tajantemente la posibilidad de incluir el árabe ceutí en los planes educativos. “Ni siquiera es un idioma”, manifestó a El Faro de Ceuta. “Para que un idioma lo sea se tienen que dar dos componentes: la fonética y la sintaxis. El primero lo tiene, pero el segundo no, no se escribe”, añadió. Las competencias en materia educativa no están transferidas, por lo que es la Dirección Provincial, dependiente de Madrid, y no el Gobierno ceutí, quien tiene la potestad sobre la política lingüística.

Las declaraciones de González no han pasado desapercibidas en la comunidad académica. Para Rivera, que ejerció de asesora en el Centro de Profesores y Recursos de Ceuta hasta la llegada del PP al poder, “existe el mito de que la lengua que no se escribe no tiene entidad de lengua y entonces no se puede estudiar en la escuela. Es el argumento de siempre, no sólo ahora con el Gobierno del PP, sino también antes con el PSOE. En el mundo existen 6.000 idiomas y, aunque la mayoría de ellos no se escriben, no por ello dejan de ser códigos con los que poder expresar desde un pensamiento complejo hasta cualquier orden habitual de la calle.”

Moscoso, que en la actualidad trabaja en la adaptación del dariya al Marco Común Europeo de Referencia para las Lenguas, va más allá. “La actitud del delegado del Gobierno no desvela sino el racismo y la xenofobia instalados en los órganos de poder, los cuales no son más que la máscara que cubre la ignorancia y un etnocentrismo español que ha sido construido en oposición a todo lo que sonara a árabe”, sentencia.
La cuestión identitaria es clave para comprender el problema. A juicio de Ángeles Vicente, profesora de Estudios Árabes en la Universidad de Zaragoza, “la permeabilidad de la frontera entre España y Marruecos ha provocado que muchos ciudadanos ceutíes crean que están amenazados por esta otra identidad lingüística, cultural y religiosa que convive tanto con ellos, como al otro de esa frontera”.

Este miedo al ‘otro’ marroquí ha repercutido en la educación de varias generaciones de ceutíes. Mohamed Mustafá, nacido en Ceuta hace 34 años, sufrió en persona las consecuencias de la falta de comprensión hacia su cultura. “Recuerdo con bastante claridad las prohibiciones taxativas de utilizar nuestro lenguaje y el hecho de que pasase absolutamente inadvertido en la escuela”. En la actualidad es su hijo quien estudia en un colegio público ceutí, inserto en un sistema educativo que, en su opinión, “no ha tenido prácticamente ninguna evolución”. Mustafá trabaja como asesor de la Coalición Caballas que, con 4 diputados de los 25 que componen la Asamblea, es el único grupo político que apoya el reconocimiento institucional del árabe ceutí.

Los tres expertos consultados por DIAGONAL, Moscoso, Rivera y Vicente, coinciden en que la solución al problema del fracaso escolar en Ceuta pasaría por la enseñanza del español como segunda lengua para los alumnos que tengan el dariya como lengua nativa. Varios estudios de campo, como el de Rafael Jiménez, profesor de la Universidad de Cádiz, corroboran esta teoría. Sin embargo, ello conllevaría la aceptación del árabe en la escuela, hecho que el Gobierno no parece dispuesto a permitir.

“Hay un desconocimiento muy grande de la cultura, esto genera prejuicios y estereotipos. En Ceuta vivimos juntos, pero vivimos de espaldas unos a otros”, concluye Rivera.




Una lengua menospreciada

El dariya o árabe ceutí es el código lingüístico utilizado en la zona norte de Marruecos y en Ceuta. Se trata de una lengua histórica, ya que su presencia se remonta a la segunda mitad del siglo XIX. Es una lengua oral, sin escritura normalizada, como casi todas las de la familia árabe. El fosha o árabe clásico, lengua sagrada del Corán, es la única que se utiliza para escribir. El dariya es una lengua sin prestigio, menospreciada. No es reconocida ni por el Estado español ni por el marroquí. En Ceuta, sufre un doble sometimiento: ante el castellano, al no estar amparada por la ley, y ante el fosha, por las reticencias de la propia élite árabo-musulmana. Excluido tanto de la escuela como de los demás espacios institucionales, el árabe ceutí permanece ignorado por los órganos de poder de la ciudad autónoma. Sus cerca de 30.000 hablantes, no obstante, ven en el mantenimiento de su menospreciado idioma una manera de reafirmar su identidad cultural y religiosa.


Esta es la versión original de mi artículo publicado en las ediciones impresa y digital del periódico Diagonal el 24 de enero de 2013.