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lunes, 20 de octubre de 2014

Un año ya(f)


Ya ha pasado un año. Trescientos sesenta y pico días de nuevas experiencias. De nuevas vivencias tan inolvidables como efímeras. Tan trascendentes como irrelevantes. Doce meses conociendo nuevos lugares, nuevas personas, nuevas ideas. Doce meses aprendiendo de viejos lugares, viejas personas, viejas ideas. Ocho mil setecientas sesenta horas repletas de errores y aciertos, de ilusiones y decepciones, de rutinas y sorpresas. Quinientos veinticinco mil seiscientos segundos descubriendo, recordando, queriendo, ignorando, mirando, esquivando… Viviendof. Con f al final, como hablan los quiteños.

Recuerdo los primeros días. Cuando lo nuevo me evocaba lo viejo. Cuando paseando por la Avenida 10 de Agosto me sentía en la Hans Christian Andersen de Copenhague. Cuando me quedaba embobado viendo el Panecillo. Cuando me horrorizaba cruzarme con legiones de niños ansiosos por limpiarme los zapatos a cambio de unos centavos. Cuando me enervaba con los conductores que ignoraban los pasos de peatones. Cuando observaba a las dignas mujeres indígenas con ojos de antropólogo eurocéntrico. Cuando chismoseaba contra el machismo generalizado. Cuando me deleitaba con los imponentes volcanes.

Todavía hoy sigue ocurriéndome.

Me sobrecojo al ver al Cotopaxi cada mañana. Grito cuando un “carro” viola mis derechos de ciclista. Me indigno al ver a un “guagua” arrodillado ante un hijueputa trajeado. Siento la tentación de sacar la cámara al pasar junto a una otavaleña.

Hay cosas que un año no cambian.

“¿No llevas más que un año acá?”, me preguntaron el otro día. “Nada menos”, contesté. Mucho o poco, un año es un año.

“Guerra al tiempo”, exclama la piel de una amiga. No sé si hay que empuñar las armas. De lo que estoy seguro es que hay que vivir.  Vivir alegre, como enseñan las paredes de Cuenca. O al menos intentarlo. Unas veces se consigue y otras no. A rachas. Pero vivir. Y, si se puede, ignorar al tiempo.

En general, ha sido un año alegre. O al menos eso es lo que hay que decir a la familia y a los amigos que están lejos, necesitados de palabras tranquilizadoras que sirvan de morfina.

Ha sido un buen año, sí. Prejuicios rotos. Amistades forjadas. Baches superados. Calles pateadas. Choros esquivados. Visas renovadas. Cursos aprobados. Selvas exploradas. Volcanes escalados. Metas conseguidas.

Con lodo en las botas y sonrisa en la cara. La vida fluye. Año a año. Eso es lo que importa.


sábado, 22 de marzo de 2014

Gobierno y movimiento indígena celebran juntos el Mushuk Nina pese a sus diferencias


Los pueblos originarios de Ecuador celebraron el 21 de marzo el Mushuk Nina o inicio del nuevo año andino mediante una ceremonia patrocinada por el Gobierno en un céntrico parque de Quito. Con la presencia de diversas autoridades indígenas y estatales, la fiesta del Inicio del Nuevo Ciclo de Vida, que coincide con la llegada de la primavera en el hemisferio norte y del otoño en el hemisferio sur, rindió homenaje a Taita Inti -denominación utilizada por las comunidades quichuas para referirse al Sol-, que brilló por su ausencia durante prácticamente toda la celebración. A la espera de que se abriera un claro entre las densas nubes del cielo quiteño, los conductores del ancestral ritual cedieron la palabra a las autoridades políticas. Humberto Cholango, presidente de la mayor organización indígena del país, la CONAIE, compartió micrófono con el representante de la agencia gubernamental CODENPE, la embajadora aimara de Bolivia, Maribel Santamaría, y la esposa del recién elegido alcalde de Quito, el conservador Mauricio Rodas. Con su sombrero panamá y su eterna sonrisa visiblemente forzada, la nueva primera dama de la capital ecuatoriana puso la nota discordante en un acto que reunió a 15 nacionalidades y 18 pueblos indígenas del país. Tras los cantos a las imponentes cumbres andinas que flanquean la milenaria capital inca y los previsibles discursos institucionales, la ceremonía finalizó con el encendido del fuego sagrado que simboliza un nuevo comienzo.



Las aproximadamente dos horas que se prolongó el rito significaron un acercamiento efímero entre el Gobierno dirigido por Rafael Correa, ausente en el acto, y el movimiento indígena, cuyas relaciones se han deteriorado a pasos agigantados en los últimos años. Pese a que el Ejecutivo de Alianza País ha llevado a cabo algunas de las reivindicaciones históricas de la CONAIE -como la promulgación de una nueva Constitución que reconociera el carácetr plurinacional e intercultural del Estado o el cese de las privatizaciones de los sectores estratégicos de la economía ecuatoriana-, la apuesta de Correa por el extractivismo ha sellado la ruptura entre Carondelet y el movimiento de los pueblos orignarios. Los proyectos hidroeléctricos, mineros y petroleros, que son piedra angular del sempiterno discurso gubernamental del cambio de la matriz productiva, han alejado al Ejecutivo de los representantes indígenas. En particular, el reciente anuncio de la explotación de los yacimientos petrolíferos del Parque Nacional Yasuní, una de las áreas más biodiversas del mundo situada en plena Amazonía ecuatoriana, ha colmado el vaso del descontento indígena.

La CONAIE critica "la profundización de la política extractivista del actual régimen –que supera a los gobiernos neoliberales del pasado-". Según la organización indígena, esta actitud del Gobierno "ha dado lugar a sistemáticas violaciones de nuestros derechos fundamentales y ha generado una serie de conflictos socio ambientales en las comunidades indígenas de toda la región amazónica. La historia lo demuestra: hace 40 años se exterminó al pueblo Tetete con el inicio de la actividad petrolera en el nororiente ecuatoriano; en la actualidad se está exterminando a los pueblos Tagaeri y Taromenane en el auge de una supuesta revolución ciudadana".

Por su parte, Correa defiende su proyecto petrolero en el Yasuní asegurando que "se afectará menos del uno por mil" del territorio del parque nacional y permitirá que la economía ecuatoriana crezca a ritmos del 8%  anual en los próximos ejercicios.

El presidente ecuatoriano lanzó en 2007 la iniciativa Yasuní ITT, a través de la cual solicitó 3.600 millones de dólares a la comunidad internacional a cambio de mantener intacto el territorio amazónico. Dicha cantidad equivalía al 50% de lo que su gobierno estimaba que obtendría de la explotación del parque. En agosto de 2013, ante la falta de respaldo internacional, Correa dio por fracasado dicho plan y anunció "con profunda tristeza, pero también con absoluta responsabilidad con nuestro pueblo y nuestra historia" la inminente puesta en marcha del proyecyo de extracción del petróleo del Yasuní, lo que provocó un importante malestar tanto en el movimiento indígena como en el resto de sectores contestatarios del país. 

Todo apunta a que la unión mostrada durante la celebración del Mushuk Nina entre Gobierno e indígenas fue tan efímera como la aparición de Taita Inti durante la misma.

jueves, 17 de octubre de 2013

Primer día en Quito


Quito. Primer día. Desayuno en una terraza de una plaza cerca del centro de la ciudad. Un niño con marcados rasgos indígenas se acerca. Observo el color de sus manos y comprendo por fin la expresión “negro como el tizón”. De su espalda cuelga una caja que más tarde asocio con el kit de un limpiabotas. En la mesa de al lado, una pareja joven toma café y  tostadas junto a su hijo. Él, de piel clara, viste a la moda europea. Ella, de tez más oscura, se ocupa de que su vástago se acabe su plato. El niño limpiabotas se aproxima a ellos. Les pide algo. El hombre, irritado, le niega rotundamente ninguna ayuda y exclama alto y claro: “¡Para mí, tú tendrías que estar trabajando!”. El chico, que solo tiene unos pocos años más que el hijo del hombre indignado, se da la vuelta resignado y camina hacia mí. “¿Me puede comprar un café? No tengo padre que me lo dé”, me dice. Le miro con la cara de desconfianza de un extranjero que acaba de aterrizar en un país lejano y no sabe si le están tomando el pelo. Dudo. Él insiste. Miro mi mesa, que está repleta. Sobre ella hay una taza de café, un plato de huevos revueltos, un gran vaso de zumo de papaya y un  cesto con un trozo de pan a medio comer y un croissant intacto. La abundancia de mi desayuno continental de cuatro dólares me hace sentir incómodo. Decido darle el croissant. Él lo toma y, sin decir palabra ni hacer gesto alguno, se sienta en un banco de la plaza, a pocos metros de mí. Sigo comiendo. A los dos minutos aparece otro niño exactamente igual que el anterior. Parecen sacados de una tétrica fábrica de chicos de la calle rechazados u obligados a trabajar por sus familias. Me pide un café. Le digo que no, que no puedo. Me siento mal. Él insiste un poco, pero se acaba yendo. Al cabo de un rato, el primer niño se ha levantado de su asiento y vuelve a mi mesa. Quiere café. Le ofrezco el zumo, pero lo rechaza. Lo que quiere es café. Le digo que ya le he dado el bollo, que no insista. Frunce el ceño y me pregunta que por qué soy tan malo. Me rompe, no tengo respuesta. Me pregunta que de dónde soy. Le animo a que lo adivine. “De España”, dice. “Tienes cara de gringo”, agrega. Me deja atónito. Disquisiciones geográficas aparte, su frase me deja claro el abismo que media entre nosotros. Entre los “gringos”, véase cualquier europeo o yanqui con cara de blanquito y acento extraño, y las gentes como él, rechazados, apartados, marginados, privados de una oportunidad en un país, en un continente y en un mundo que se rige por unos parámetros que poco o nada tienen que ver con la inclusión o la solidaridad. Mientras pienso en todo esto no puedo sino ablandarme. Le pregunto que cuánto cuesta un café. Me dice que un dólar. Se lo doy. Sin sonreír, sin decir nada, se marcha. Me deja desconcertado.

Apenas llevo unas horas en Quito, pero ya empiezo a comprender, a conocer lo que me espera. Serán dos largos años alejado de mi entorno, de mi conocida y cómoda Europa. Dos años para romper prejuicios, para empaparme de conocimientos, de una cultura ancestral que mis antepasados menospreciaron, masacraron y pretendieron relegar al olvido. Dos años en los que me pensaré muy mucho volver a sentarme en una terraza para evitar que un humilde niño limpiabotas vuelva a poner patas arriba mi mundo y saque a relucir todas mis contradicciones.