miércoles, 2 de noviembre de 2011

De paradojas y tragedias


          Pocas horas después de que el habitante número 7.000 millones viera la luz por primera vez, el Jefe del Gobierno del país que inventó la democracia decidió sacudir los cimientos de nuestro pequeño planeta. Giorgos Papandreu, Primer Ministro griego ha anunciado la celebración de un referéndum sobre la aceptación o no del nuevo plan de rescate de la Unión Europea al país heleno. Las reacciones no se han hecho esperar. Los inversores, preocupados ante la incertidumbre de si el plan será finalmente aprobado o no, han provocado el desplome de las bolsas europeas y el alza de las primas de riesgo italiana y española. Mientras, los Gobiernos de la zona euro no han tardado en criticar la propuesta de Papandreu.
          Si algo ha venido a confirmar el anuncio del referéndum en Grecia es que a ese ente abstracto que denominamos “mercados” no le cae bien los lentos y tediosos procesos de participación popular. En teoría, aquello que reclaman los inversores es estabilidad. La estabilidad produce confianza, y la confianza facilita que los inversores arriesguen su dinero. Y gracias a ese dinero los Estados pueden financiarse –dado que carecen de un sector público fuerte que ejerza de fuente ingresos, los Estados deben acudir a los mercados a buscar el capital que necesitan-. Debido a la falta de regulación en los mercados financieros, los Estados son muy vulnerables a las decisiones de los inversores, ya que de éstas depende en gran medida la viabilidad presupuestaria de aquéllos. De ahí se deduce que los Estados deben preocuparse muy mucho por mantener la confianza de los inversores, porque si no pueden acabar en la bancarrota. Y en una época de crisis como la que ahora vivimos, esa amenaza se acentúa.
      Pero, a diferencia de Dios, los mercados no son omnipotentes. En cualquier momento, un Estado puede cambiar su legislación y poner coto a la especulación. Ya sea tasando las transacciones financieras o ya sea negándose a pagar una deuda, un Gobierno puede entrometerse entre los moneymakers y la deidad del laissez faire laissez passer. Un pequeño país ha demostrado que tal heroicidad está al alcance de los humanos. Islandia, héroe para muchos y villano para otros, aplicó medidas como las arriba mencionadas y no ha sido objeto de la marginación internacional que muchos le auguraban. Al contrario, su economía reflota pese a que sus bancos se hundieron.
           No obstante, el resto del mundo sigue anclado en el pensamiento único neoliberal, por lo que debemos seguir analizando los mecanismos del mismo. Si los mercados son enemigos de la incertidumbre y los Estados dependen de ellos para sobrevivir, entonces será misión de éstos últimos garantizar las condiciones propicias para mantener contentos a los primeros. Sin embargo, los Estados deben atenerse a unas reglas del juego marcadas por sus constituciones democráticas –si es que las tienen-. Cruel impedimento éste frente a la estabilidad demandada por los inversores. Porque, ¿qué mayor garante de la estabilidad que la permanencia indefinida de un Gobierno determinado con una tendencia política firme y apenas variable? Someter los designios del poder político a la elección periódica de los ciudadanos ya es una concesión suficiente a eso que llaman soberanía popular. ¿Cómo permitir entonces que se pida opinión a la ciudadanía más allá de la elección de los representantes que decidirán por ellos? 
            La libertad total de mercado lleva a que los inversores acumulen más poder que los Gobiernos. La perspectiva ideal para un inversor es un Estado con un poder político fuerte. El más fuerte de los sistemas políticos conocidos es la democracia liberal representativa. Gracias al control ejercido sobre los medios de comunicación, a través de la connivencia implícita entre los grandes partidos políticos –que, al ser de tendencia centrípeta, aseguran la continuidad del sistema- y los empresarios de la información –conglomerados mediáticos transnacionales muy interesados en la estabilidad sistémica-, la opinión pública es dirigida para que no se salga de los rediles establecidos. Así, se asegura la cohesión social a la vez que se obtiene la legitimidad otorgada por la celebración de elecciones periódicas. Al contrario que las dictaduras, dónde el poder político es inestable porque solo se mantiene por medio de la represión violenta, las democracias modernas aseguran la paz interna a través del control indirecto de sus ciudadanos. Es por ello que, en tiempos de crecimiento económico, la democracia representativa consolidada es siempre el sistema preferido para los inversores. Pero, cuando la situación se torna gris, cuando la economía comienza a declinar, la cohesión social se deteriora y los conflictos latentes afloran. Es entonces cuando la democracia puede volverse un obstáculo y la dictadura una opción viable para recomponer la estabilidad. Y, no olvidemos que si en el mundo actual prima la opinión de los mercados, será lo que ellos demanden lo que se acabará haciendo. No quiere decir esto que países como Grecia deban acabar irremediablemente con un cambio político hacia un sistema autoritario. No obstante, si sus socios europeos continúan imponiendo a Atenas las bochornosas medidas que le exigen, es muy probable que su sistema político colapse.
          Pero he aquí que el Gobierno de Giorgos Papandreu ha decidido convocar un referéndum para que su pueblo vote si quiere recibir el apoyo económico de Bruselas. El plan de ayuda, que incluye la condonación del 50% de la deuda adquirida por el país heleno tras el anterior paquete, impone durísimas medidas de ajuste. Percibido como una humillación por la ciudadanía griega, las encuestas vaticinan que un 60% votará contra el plan. Si ello ocurre, la viabilidad del euro estará en peligro. De no recibir la ayuda europea, Atenas no dispondría de liquidez para afrontar sus pagos, entrando literalmente en bancarrota. Irlanda, Portugal, España e Italia no tardarían en seguirla, provocando una debacle de proporciones bíblicas. Además, los bancos franceses y alemanes, muy expuestos a la economía griega, también se verían en grandes dificultades. Por ello, el acuerdo sobre el nuevo plan de rescate griego se antojaba tan importante. Sin embargo, ahora el destino de Europa quedará en las manos de los 11 millones de griegos. 
          Afrontando un dilema de imposible solución, los ciudadanos del pequeño país de la periferia europea tendrán que decidir entre caer solos o llevarse consigo al resto de la Unión. Como si de una tragedia de Sófocles se tratara, los griegos se debatirán entre aceptar unas condiciones inaceptables para su país o provocar el colapso de la economía continental. El futuro de Europa se decidirá en la cuna de la civilización occidental. Gran paradoja. Como también lo es que sean aquellos que inventaron la democracia los que vengan a recordarnos que la decisión directa del pueblo debe ser piedra angular en todo sistema político que quiera ser considerado democrático.


Fuentes del texto:
http://www.elpais.com/articulo/economia/giro/dramatico/Atenas/solucion/definitiva/elpepueco/20111101elpepueco_2/Tes
http://www.bbc.co.uk/news/business-13798000
http://www.nytimes.com/2011/11/02/world/europe/markets-tumble-as-greece-plans-referendum-on-latest-europe-aid-deal.html
papandreu/472377.shtml
http://sp.ria.ru/opinion_analysis/20111101/151389786.html
Fuentes de las imágenes:

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